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Voltear la hoja

Por:   Sylvia Teresa Manríquez 20 de febrero de 2018

Letras para vivir


Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yacen los horrores de la sombra,
sin embargo, la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el camino,
cuán cargada de castigos la sentencia,
yo soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.

Fragmento de “Soy el amo de mi destino” de Nelson Mandela

Creo firmemente que la literatura abre puertas, crea caminos, permite soñar en mundos conocidos y guardados íntimamente, permite relatar los sueños que nos están esperando.
Ya sea en la ciudad, con los amigos o en el mar, entre cuatro paredes o desde una ventana azul, los sueños, los recuerdos, lo añorado, está ahí, está aquí, reclamando su derecho a ser narrado a través de sus escritos.
Fue la presentación de “La ciudad, los amigos, el mar”, escrito por mujeres internas en el Cereso de Hermosillo, Sonora. Tuve el honor de presentarlo y compartir con las autoras el gusto por ver las letras desarrollarse al interior de un reclusorio.
Agradezco al escritor y periodista Carlos Sánchez porque sin él no habría sido testigo de la solidaridad en que se vuelven las letras en un lugar así, le agradezco su trabajo en los talleres de creación literaria, que se convierta en una especie de guardavías para las letras de quienes se encuentran recluidas en los Ceresos.
Se agradece la voluntad de autoridades que ven en estas manifestaciones algo positivo y las permiten, que celebran cuando las letras germinan y nace un libro entre esas paredes.
No es fácil decidirse a escribir y menos hacerlo de conocimiento público. Ellas lo hicieron, nos ofrecen sus relatos, sus historias, esa parte de su vida, real o inventada que nos dejan conocer en este libro.
Perder la libertad es parecido a quedarse sin aire. Se sigue viviendo, respirando, latiendo, con una extraña necesidad de decir, escribir, compartir, gritar, enseñar.
Las letras se vuelven refugio y compañía, una nave formada de recuerdos que se habita para sobrevivir lo mismo que en un refugio.
Y aunque la vida no es fácil en un Cereso, ellas hablan de amores, nos enseñan que el cielo y los ojos tienen gran similitud.
En “La ciudad, los amigos, el mar” leí sobre decisiones que les gustaría no haber tomado, de adicciones y tatuajes, de una agüita de coco que nos enfrenta al dolor.
Leí que el tan temido Alzheimer puede ser en realidad un aliado para borrar malos recuerdos. Las letras de estas mujeres me permitieron volver a ver aquellas estrellas que observé en la infancia, desde mi catre tendido en el patio, y el temor que me daban las sombras entre las copas de los árboles.
¿Quién no conoce las cosquillitas en el corazón al oír un claxon conocido? Ese motor de tráiler que promete conjurar la soledad. Quién no guarda esperanzas en el lucero de la noche… En esta vida loca todas tenemos momentos que quisiéramos cambiar.
La lluvia con recuerdos nostálgicos de semillas, de abuelas con olorosas tazas de café, abuelos que nos esperan en el cielo, sonrisas soltadas al viento a pesar de los malos tiempos.
Leí sobre la radio, algo importante para mí, al que he entregado más de 30 años de mi vida. Levantarse cada mañana con una rola, recordar a alguien en cada canción; la radio como compañera, proveedora de sueños. Me encontré el sentir de las autoras respecto a la radio, ese aparato por el que mi voz, mis palabras y mensajes lleguen a ellas.
“La ciudad, los amigos, el mar” es un libro especial porque de manera inesperada somos testigos de cómo estas mujeres se apropian de su libertad para escribir, sin saberlo, de todos nosotros.
Cierto que la vida es libre hasta que deja de serlo y bien pueden ellas dar testimonio en todas estas historias que les permitieron conocer una nueva libertad: la de escribir y ser leídas.
Felicito a mis colegas escritoras, que forman parte de un gran colectivo de mujeres reclusas de todo el país y del mundo, que alzan las letras para demostrar que en ese lugar -los Ceresos- la vida continúa y exige ser narrada y compartida, hay mucho que decir, que late con fuerza y exige ser contado.
Recomiendo la lectura de “La ciudad, los amigos, el mar”, letras para vivir la libertad de recordar y soñar.

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