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Historia de Domingo: El falso mundo de las redes 

Por:   Raúl Ruiz 3 de febrero de 2018

 

 

 

José Guerrero era retraído.
Vivía en “Octava” y casi esquina con la Sor Juana Inés de la Cruz, en la Colonia Tierra Blanca, en Navojoa.
Era (o es) uno de los barrios bravos de ese municipio sonorense.
Pepe era retraído y lo recuerdo muy bien en el Quinto año de la primaria Club de Leones número 2.
Y no fue por un acto heroico, sino por un desliz en el lunes Cívico: Ese día le tocó declamar sobre uno de los héroes de la Independencia.
Debía ser muy temprano, como suele ser en esos casos y cuando se paró frente a toda la escuela listo para arrancar nomás no pudo.
Se quedó mudo.
Lo traicionaron los nervios y los presentes perdimos entonces la oportunidad de conocer las virtudes del prócer y claro, nos reímos de José.
A tantos años de distancia no recuerdo más de él y nunca supe más de él.
Incluso, no recuerdo si se graduó en esa escuela o algún otro dato de su trayectoria personal.
Lo perdimos de vista.
Por eso cuando me lo encontré en el aeropuerto de Guadalajara, en Jalisco, haciendo fila para comprar un café, fue él quien al escuchar mi nombre se acercó a preguntarme si era yo y lo recordaba.
Frente a mi estaba un José Guerrero desconocido:
Excedido de peso, de lentes, despreocupado por su aspecto, pero lúcido y platicador.
Me dio gusto.
No era el José retraído, aquel asustadizo vecino de la “Octava”, ni el compañerito indiferente a las actividades de sus compañeros.
Luego me actualizó: Se había tenido que ir, con una carrera trunca a Estados Unidos, de migrante, en busca de nuevas y mejores oportunidades para él y una hija que, producto de una relación que no prosperó, necesitaba de su ayuda y sustento.
Trabajó de lavaplatos, en la construcción y en la dura faena del campo agrícola de Búfalo, en el Este de los Estados Unidos, hasta que un viraje inesperado lo llevó a Canadá.
Ahora allá reside.
Está felizmente casado con una residente canadiense y planeaba hace un mes llevarse a su hija a vivir a su lado en acuerdo con su anterior pareja.
Está contento y feliz.
Lo que me volvió a sorprender es su oficio: En Canadá sólo es “José Guerrero” para los “bills” (cuentas a pagar de cada mes), porque cuando va a su trabajo cuenta con … ¡243 identidades distintas!
Es un “bots” (término utilizado en el mundo informático para hablar de usuarios falsos en las redes sociales) contratado por una empresa originaria de la India que tiene una de sus bases en ese país.
Los hindúes se han asentado ahí aprovechando la cercanía con Estados Unidos, porque además de proporcionar usuarios falsos a empresas o personas interesadas en contar con más “seguidores”, también ofrecen el servicio de producción digital, otro de los negocios “boom” en este momento en ese País.
José se llama para unos “Francis Bottler”, de 43 años y activista de asuntos ambientales, pero es al mismo tiempo Pepe Thompson, un emigrante latinoamericano de 56 que defiende los derechos de los trabajadores agrícolas, pero por la noche puede transformarse, si hace falta en John Smith, un joven norteamericano de origen sajón que defiende a Donald Trump y debate con jóvenes de su edad, 32 años, sobre las políticas públicas de su Presidente.
Samantha, su esposa, lo ve llegar exhausto y confundido cada día a su casa luego de experimentar su múltiple identidad.
José, el de  Tierra Blanca es muchos José al mismo tiempo y ha tenido la oportunidad de hablar bien de celebridades artísticas, de deportistas multimillonarios y, también de políticos corruptos.
Es su trabajo.
Un trabajo de los nuevos tiempos.
Por eso, antes de abordar el avión que lo llevaría a Los Ángeles, y de ahí en conexión a Canadá me lo advirtió sonriente:

“No te creas todo lo que lees y ves en redes sociales”.

Café en mano me quede pensando en José, en sus múltiples vidas imaginarias, pero sobre todo en las redes sociales
Vidas creadas
Este sábado, el periódico The New York Times publicó un artículo que habla de José Guerrero.
Bueno, no sólo del sonorense, sino de 60 millones de cuentas falsas que, de acuerdo con la red social de Facebook, socializan con nosotros en ese espacio.
Y eso es una sola estimación, porque pueden ser más.
Bajo el título “Hay mercado negro de influencia”, el prestigiado diario neoyorquino documentó una investigación alrededor de la empresa “Devumi”.
En el trabajo de varios meses se confirmó que la compañía se dedica a vender a quienes puedan pagarlo, seguidores falsos en sus cuentas para “inflar” sus números y, de esta manera garantizarle ingresos.
Su tarea es muy sencilla: Multiplicar por miles el número de “amigos” o “me gusta” en las cuentas de twitter, y solo en algunos casos de Facebook, a quienes así se los pidan.
Operados por muchos Josés Guerreros la empresa “Duvami” (que seguramente es sólo una de cientas dedicadas a esta tarea) crea cuentas retomando nombres de usuarios reales y los convierte en sus “bots” que hablan de los temas más variados, a veces mal, a veces bien, del cliente que los contrata.
En el interesante artículo el rotativo estadunidense refiere que “Duvami” vende seguidores de Twitter y retuits a cualquiera que quiera parecer más popular o ejercer influencia en línea.

“Al echar mano de una reserva aproximada de por lo menos 3.5 millones de cuentas automatizadas, cada una vendida en repetidas ocasiones, la compañía ha suministrado a sus clientes más de 200 millones de seguidores en Twitter”, revela el diario.

El problema es serio.
Es una falsedad completa: Se estima que al menos el 15% de las cuentas totales que vemos en twitter son falsas.
Y pueden siempre ser más, pero es un mercado tan difuso que es difícil saberlo.
El inicio de las campañas
Ahora que en Sonora inician las campañas políticas los “bots” adquieren un valor especial.
Las “cuentas fantasmas” ayudan a influir en los públicos publicitarios, pero también alteran resultados en debates políticos y arruinar reputaciones personales.
En los tiempos electorales que se avecinan, en donde el ingrediente de campañas negras y de ataques personales se vaticina como uno de los más utilizados, los “bots” serán protagonistas de primera línea.
Antes de que José partiera a su sala de espera y tomara su vuelo le pregunté si es fácil detectarlos: Me dijo que no.
Que ellos, de hecho, están atentos a que, cuando eso ocurra, cuando empiecen a ser detectados, puedan contar con otro atajo que les permita seguirnos engañando.
Al final de cuentas, es un negocio que evoluciona, me expuso el hombre de las 243 identidades.
Extraño ahora al José retraído y avergonzado de los lunes cívicos. Al menos era real y nuestro.
Ahora se ha convertido en un monstruo de mil cabezas que juega a engañarnos y, hay que reconocerlo, lo está logrando.
Por ello hay que hacerle caso y no creernos todo lo que vemos y escuchamos en redes sociales.
Mejor veamos el Súper Tazón hoy y olvidémonos un rato de las redes sociales.

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